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Babel 2.0

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Babel 2.0
2026-05-30

Babel 2.0

Mateo 24:4
"Mirad que nadie os engañe"
He terminado de leer la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV sobre la inteligencia artificial y, aunque la leo desde una perspectiva evangélica, debo reconocer que contiene reflexiones que merecen una consideración seria por parte de todos los cristianos.

No me interesa entrar en debates confesionales. Lo que me interesa es la pregunta de fondo que atraviesa todo el documento: ¿qué ocurre cuando la capacidad tecnológica del ser humano crece más rápido que su sabiduría moral?

La encíclica no presenta la IA simplemente como una herramienta informática. La analiza como un fenómeno cultural, antropológico y espiritual que puede redefinir la forma en que entendemos la verdad, la libertad, el trabajo, las relaciones humanas e incluso nuestra propia identidad.

Uno de los aspectos que más me llamó la atención es que el documento no teme señalar algo que muchos celebran sin cuestionar: la humanidad está creando sistemas cada vez más poderosos sin haber resuelto los problemas fundamentales del corazón humano.

La Biblia enseña que el problema central del hombre no es la falta de información, sino la condición de su corazón. Tenemos más conocimiento que cualquier generación anterior, pero seguimos viendo guerras, corrupción, egoísmo, explotación y mentira. La tecnología multiplica nuestras capacidades, pero no transforma nuestro carácter.

Por eso me vino inmediatamente a la mente la historia de Babel.

En Génesis 11 encontramos una humanidad unida, organizada, innovadora y tecnológicamente avanzada para su tiempo. El problema no era la construcción de la ciudad ni de la torre. El problema era el propósito:

"Hagámonos un nombre".

Era el intento de construir una civilización centrada en el hombre y no en Dios.

Al leer la encíclica tuve la sensación de que esta advertencia recorre todo el documento: la tecnología puede convertirse en una nueva Torre de Babel cuando deja de ser un instrumento y se convierte en una promesa de salvación.

Y aquí encuentro uno de los puntos más profundos.

Durante siglos los seres humanos buscaron la salvación en la política, en la ciencia, en la economía o en las ideologías. Hoy muchos parecen depositar una fe casi religiosa en la tecnología. Se habla de la IA como la solución definitiva para la educación, la medicina, la economía, la creatividad, la justicia e incluso las relaciones humanas.

Pero desde una perspectiva bíblica ninguna tecnología puede resolver el problema del pecado, de la muerte, de la culpa o de la separación entre Dios y el hombre.

Solo Cristo puede hacerlo.

Otro aspecto que considero especialmente relevante es la reflexión sobre la verdad.

Vivimos en una época en la que una inteligencia artificial puede generar textos, voces, imágenes y vídeos prácticamente indistinguibles de la realidad. Esto plantea una cuestión que va más allá de la informática:

¿Cómo distinguiremos la verdad del engaño cuando la apariencia sea perfecta?

No puedo evitar relacionar esto con las palabras de Jesús:

"Mirad que nadie os engañe" (Mateo 24:4, RV60).

La preocupación bíblica respecto a los últimos tiempos nunca fue simplemente tecnológica, sino espiritual. La Escritura advierte repetidamente sobre el engaño, la falsificación de la verdad y la confusión moral. En ese sentido, las capacidades actuales de la IA hacen que esas advertencias resulten más relevantes que nunca.

También me pareció importante la reflexión sobre la dignidad humana.

La IA puede procesar información mejor que nosotros. Puede realizar cálculos más rápidos. Puede producir textos, imágenes y análisis impresionantes.

Pero ninguna de esas capacidades define el valor de una persona.

La Biblia afirma que el ser humano posee una dignidad única porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Si una sociedad comienza a valorar a las personas únicamente por su productividad, eficiencia o utilidad, acabará deshumanizándose aunque disponga de la tecnología más avanzada de la historia.

La cuestión no es si las máquinas llegarán a parecerse más a los hombres.

La cuestión es si los hombres acabarán comportándose como máquinas.

Quizás el aspecto más profético del documento sea su advertencia sobre la concentración del poder.

Nunca antes en la historia unas pocas organizaciones habían tenido acceso simultáneo a tanta información, tanta capacidad de vigilancia, tanta influencia cultural y tanta capacidad para moldear la opinión pública global.

No afirmo que esto sea el cumplimiento directo de ninguna profecía bíblica.

Pero sí creo que nos encontramos ante herramientas que podrían facilitar escenarios que generaciones anteriores apenas podían imaginar.

Después de leer la encíclica, mi conclusión no es el miedo.

Tampoco es el entusiasmo ingenuo.

Es la necesidad de recuperar el discernimiento.

Necesitamos más que nunca creyentes capaces de pensar bíblicamente, de distinguir entre progreso y sabiduría, entre información y verdad, entre capacidad técnica y madurez moral.

La inteligencia artificial será una de las herramientas más poderosas jamás desarrolladas por la humanidad.

La pregunta decisiva no será lo que la IA pueda hacer.

La pregunta será si el ser humano seguirá recordando quién es, quién lo creó y para qué fue creado.

Porque una civilización que conquista la inteligencia artificial pero pierde el temor de Dios puede terminar siendo muy avanzada tecnológicamente y profundamente pobre espiritualmente.

Encíclica completa:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html